“EL ADOLESCENTE NECESITA DE SUS PADRES LA FIRMEZA Y LA SEGURIDAD”

La primera sesión del COF sobre adolescencia corrió a cargo de Sara Pérez Tomé, y se celebró en el Colegio el sábado 16 de febrero para familias de Montecastelo y Las Acacias. En su conferencia, ofreció a los padres pautas de conducta que les ayuden en la educación con sus hijos en esa etapa. Habló de pautas y no de recetas, porque éstas no existen en la educación.

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A esta edad se recoge lo sembrado durante la infancia. Por ello es tan importante tener claros los valores sobre los que se va a construir el proyecto familiar. Es importante que los hijos encuentren en su familia un desarrollo armónico en tres aspectos fundamentales: seguridad, afecto y crecimiento físico. Es tarea y responsabilidad de los padres que sus hijos se sientan seguros, se sientan queridos y estén orgullosos de su cuerpo, asimilando de un modo sano los cambios físicos que se producen en su crecimiento.

La dedicación a los hijos exige prestar atención -y por lo tanto, tiempo- a cada uno de ellos. Es fácil prestarlo al hijo conflictivo, porque viene impuesto por la necesidad. Pero también hay que prestárselo al hijo que no provoca especiales problemas, pues corre el riesgo de ser “invisible”, y también necesita afecto, sentirse seguro, querido y satisfecho con su desarrollo. Corre más peligro de sentirse solo.

Si el cariño de los padres es la base del desarrollo equilibrado de los hijos, en esta tarea, tanto el padre como la madre, son protagonistas. Si en la infancia es más necesaria –por exigencias de la misma naturaleza- la presencia de la madre, en la preadolescencia, el padre –varón- debe asumir un protagonismo en primera línea. Los hijos ya saben a esa edad qué es una madre, pero el rol del padre en muchos casos todavía no lo conocen. Aquellos hijos que aprenden en casa qué es un padre y qué una madre, podrán asumir de un modo natural su propia identidad sexual, que les facilitará el desarrollo en su adolescencia y juventud.

Es necesario que los padres sepan leer entre líneas los mensajes que los hijos nos dan con el lenguaje no verbal. Hay conductas, reacciones, que son señales de alarma que un padre o madre atentos sabe detectar. No pueden esperar a que los hijos les hablen de ellas, porque  en la mayoría de los casos ni ellos mismos saben qué les pasa. Un cambio brusco de su conducta habitual, un bache académico de difícil explicación, una excesiva preocupación por la talla o el empeño por comer poco, son señalen que claman por una atención especial” –advirtió Pérez Tomé.

Conviene abordar en equipo –padre y madre- la educación de los hijos adolescentes, decidiendo cuál de los dos debe hablar en esa etapa con cada hijo, buscando la eficacia, sirviéndose cuando así se da, de la sintonía que muchas veces sienten desde la preadolescencia hacia el padre.

Un peligro frecuente que conviene desterrar es tener miedo al hijo adolescente, pues resulta en extremo dañino para éste. Los adolescentes pueden parecer radicales, pero son inseguros  por naturaleza, y lo que necesitan de sus padres es firmeza, seguridad: hay que atreverse a decir no a los hijos (cuando su conducta, sus planteamientos, sus proyectos, merezcan esa respuesta, aunque ello suponga un conflicto. Claudicar a sus planteamientos supondría dejarlos solos, haciéndonos responsables de las consecuencias de esos errores” –quiso insistir la ponente.

Para Pérez Tomé, es prudente adelantarse, buscando información, de los temas o cuestiones que sabemos se van a plantear antes o después. Se detuvo a explicar cómo el deseo de un hijo de hacerse un tatuaje o ponerse un piercing puede convertirse en una oportunidad estupenda para hablar con él, ayudándole a crecer en responsabilidad, solidaridad con la familia y verdadero respeto al propio cuerpo. “Eso sí, los padres deben estar al tanto al tanto de las consecuencias que esas modas porque antes se han formado”. Otra oportunidad de tener una buena conversación con un hijo adolescente puede ser a propósito de la lectura conjunta de la Ley del Menor: “podrán conocer las exigencias o responsabilidades legales que asumen a medida que crecen, por llegar a los 14 años, o los 16 o los 18. Es una oportunidad para hablar y hacerles crecer en responsabilidad”.

Todo lo que sea adelantarse a los problemas, hablando y cultivando valores en los hijos antes de los 12 ó 13 años, contribuirá a una mejor travesía en el temporal de la adolescencia.

También advirtió de “la conveniencia de señalar a los hijos, a medida que crecen, cuál es la línea roja que no deben rebasar y cuáles son las consecuencias de hacerlo. Es una línea que protege valores fundamentales y los padres, con un buen marketing de su autoridad, sabrán hacer respetar por un motivo de cariño”.

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